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viernes, 5 de febrero de 2010

SUCEDIÒ EN CÁDIZ



Cuando el gobernador de Cádiz vio cómo la mar se retiraba bruscamente, como si se sumiera por un agujero dejando tras sí un reguero de peces y animales marinos que lentamente iban agonizando en las arenas de la bajamar repentina, dio la voz de alarma.

Era un hombre de mar, que conocía los movimientos de las mareas y sabía demasiado bien, que se avecinaba una maremoto. La señal de la venida de un tsunami es precisamente esa, la retirada por sorpresa de la marea, una sorprendente bajada de la mar y su desaparición por el horizonte.

Si alguno de nosotros llegara a ver algo así en su vida en una playa, no lo dude dos veces, que corra cuanto pueda y busque sin mirar atrás un sitio alto.

Cuanto más alto mejor. Si le da tiempo, claro.

Este desbordamiento de la marea, tuvo lugar eL día uno de noviembre de 1755 Festividad de Todos los Santos, como consecuencia de un terremoto cuyo epicentro fue localizado mar adentro, en el Océano Atlántico al sudoeste de Cabo San Vicente, con una intensidad de 8,7 grados en la escala Richer. Tardó unos 15 minutos en llegar a la capital portuguesa y aproximadamente una hora en arribar a Cádiz.

El maremoto dejó más de 60.000 víctimas en las costas portuguesas y unas 2000 en las españolas. Si hoy se repitiera el fenómeno, nada improbable por cierto, el suceso tendría una mortandad infinitamente mayor dado el hacinamiento de poblaciones costeras y el absoluto desconocimiento de la mayor parte de las personas de cómo reaccionar adecuadamente ante un tsunami.

Pero me voy a referir a un suceso que no deja de ser sorprendente y que carece completamente de explicación lógica.

Sucedió en la ciudad de Cádiz. El tren de olas amenazaba con tragarse toda la ciudad, la más impresionante de ellas alcanzó los 35 m, un auténtico muro de agua espumeante que avanza a la velocidad un tren expreso.

“De una iglesia del barrio de la Viña, el fraile capuchino Bernardo de Cádiz y el párroco de la misma Francisco Macías, deciden sacar un estandarte de la Virgen de Palma, junto a un pequeño crucifijo y ante la mirada atónita de los presentes, el mar que avanzaba inexorable devorando ya la parte baja de la ciudad, se detiene. El muro de muerte se para de repente a pocos metros de la imagen de la Virgen y de Cristo crucificado. El fraile grita: “Hasta aquí Madre mía”.

Y el mar se retira, dejando tras de sí tan solo 40 muertos. Pero pudo haber sido una catástrofe tan grande como la de Indonesia en Diciembre de 2006.

Hoy en la Tacita de Plata, una placa con la imagen de la Virgen recuerda el hecho. Y cada uno de noviembre sale la procesión en recuerdo de la Patrona de la villa.

Hasta aquí el relato de los hechos.

¿Alguna explicación, por favor?

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