

La primera vez que el Moro entró en la finca, lo hizo a lo grande. Como solo él sabía hacer las cosas. Alguien, no recuerdo ahora bien quién, sí el tío Cándido o el abuelo, trajeron aquel mastín de la perrera municipal.
Pero el caso es que jamás habíamos visto nada igual. Al soltarle, lo primero que hizo fue atacar el gran macizo de rosas té que la abuela cultivaba con esmero desde hacía tanto.
La emprendió con él hasta casi reducirlo a puros escombros, para pasmo de todos.
Y ya desde ese instante supimos que no estábamos en presencia de un perro común, pues era joven, fuerte, inquieto, fuerte y flexible como los juncos, y negro como ala de cuervo. Parecía mastín, pero seguramente era de su padre y su madre… al fin uno de esos perros sin pedigree pero con mucha suerte.
De él, cabe decir que era cariñoso en extremo, sobre todo con los niños, pues estaba permanentemente salido. “Es joven, nos explicaban los mayores”, cuando a duras penas lográbamos desasirnos de sus lascivos abrazos.
No estábamos acostumbrados a semejantes efusiones de gozo. No. Porque el otro perro que teníamos, “Foster”, era un señor muy mayor y siempre, siempre, había sido muy formal y poco amigo de semejantes lujuriosos devaneos. Al contrario, de grave continente, se limitaba a cumplir con precisión y prontitud su misión en la finca, que no era otra que la de cazar las enormes ratas que pululaban por desvanes y tendejones, poniendo en peligro la magra cosecha de patatas y maíz.
En esto hay que decir que Foster era todo un profesional. El resto del tiempo se lo pasaba haciendo como que dormía, pero como era filósofo, estaba sumido en hondas meditaciones sobre la levedad del ser y la brevedad de la vida. Sabemos que gustaba declamar con voz tonante aquella vieja fábula de Samaniego:
Salicio usaba tañer
La zampoña todo el año
Y por oírle el rebaño,
Se olvidaba de pacer…
Y sigue. Pero lo hacía en raras ocasiones y siempre para sí mismo. Al cabo siempre fue un perro modoso y en modo alguno alocado.
En cambio Moro, muy por el contrario, conocíase bien a la legua que era ordinario y rufián como pocos. Encontraba un raro placer en comer sus propios excrementos aún humeantes, de los cuales disfrutaba tanto como podía hacerlo un niño con una docena de ricos pasteles.
Después te daba tiernos y húmedos lametones con su gran lengua siempre de un extraño color rosa palo.

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