
En el invierno de 1823 fué invitado por el párroco de Saint-Trivier a la misión que en el pueblo se tenía. Se alojaba en la parroquia con los demás misioneros. Por toda la diócesis se había esparcido la voz de las vejaciones diabólicas que sufría y había llegado a oídos eclesiásticos. No habían dado crédito a lo que consideraban "leyendas y cuentos de viejas" y se burlaban de él, acusándolo de ser un "visionario".
Esa noche le habían tomado el pelo a próposito de las apariciones diabólicas, pero San Juan María no había contestado nada. Dió las buenas noches y se fueron -todos a acostar-.
Pero hacia la medianoche, comenzaron a oírse fuertes ruidos por toda la casa. Las vidirieras temblaban con fragor, se bamboleaban las paredes como si quisieran desplomarse de un momento a otro....
¡Terremoto, terremoto! -gritaron- y todos se levantaron corriendo, juntándose en la planta baja. Todos, menos el párroco de Ars.
-¡Pobre cura, estará lleno de espanto! -se decían- si ruidos imaginarios tanto le abaten, ¿qué será de él ahora que son de veras y de tan fuertes? Así hablaban llenos de ansiedad ppor su vida subieron algunos al cuarto en el que dormía.
Pero ¡cual no sería su admiración cuando le encontraron en el lecho tranquilo y sereno! Le preguntaron si había sentido aquel estrépito y por que no se había levantado...
-He oido el ruido, pero sé de sobre quien lo hace, ha sido el "Grapín" el que ha hecho este alboroto. Ahora hermanos, iros a acostar.....
Obedecieron los sacerdotes y una hora después, alguien golpeaba la puerta.
San Juan María se levantó y halló en el umbral a un señor que quería confesarse.
La violencia diabólica tenía, para el santo cura de Ars, la explicación siguiente. Era indicio siempre de la "mayor o menor gravedad" de algún pecado que estaba para llegar y confesar sus pecados. Por la salvación de estas almas en pecado, ofrecía gustoso las penas que los demonios le causaban.
Y con el tiempo no fueron solo por la noche, sino también en el breve descanso que se permitía después de comer.
Por fin el demonio no volvió más. Después de haber desahogado su furia durante treinta y ocho años de una manera digna del infernal espíritu, y despúes de verse completamente derrotado, no osó acercarséle más.
Y a la hora de la muerte del santo párroco, el enemigo de todos nosotros, se guardó muy mucho de hacer acto de presencia.
HASTA AQUÍ LA NARRACIÓN DEL IMPRESIONANTE TESTIMONIO DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY.
Como cantamos en las Letanías de la Pascua... ¡San Juan María Vianney, ora por nosotros...!
LAUS DEO
JavierFdzLagar

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