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lunes, 18 de enero de 2010

CRÓNICA DE UN NAUFRAGIO





La arrodillada entrevista que, ayer domingo, publicó el rotativo de Prisa al presidente del Gobierno muestra a Zapatero con un irrealismo que va más allá del famoso síndrome de La Moncloa y linda con la pura alienación. Sin duda, en el irrealismo de Zapatero hay también una dosis de frivolidad intolerable, la tranquilidad ficticia de quien, o no asume la gravedad de la situación, o simula hacerse cargo de ella para que la opinión pública lo fíe todo a su figura salvadora.
Al margen de lo irresponsable de tal actitud, la operación propagandística de Zapatero es algo que tiene ya difícil venta. La pérdida de credibilidad del zapaterismo es algo que cunde entre el electorado español, entre sus socios europeos e incluso dentro del PSOE. Ahora mismo, la imagen de Zapatero resta, y de nada sirven los esfuerzos de marketing de Moncloa y Ferraz, porque la desconfianza viene de su propia ejecutoria y, como se pudo comprobar en la entrevista, por su propia disposición al gobernar. Así, la barra libre de publicidad que le ha ofrecido el rotativo de Prisa no sólo redunda en el descrédito de un presidente que queda retratado en su inanidad, su inmovilismo y sus obsesiones ideológicas, sino que viene a ser una caricatura de patetismo del propio Zapatero en horas bajas y muestra el servilismo al que puede llegar el diario de Prisa, seguramente por motivos poco confesables.
“Comprendo a los ciudadanos en su crítica”, afirma el presidente. Esa preocupación buenista contrasta, sin embargo, con el propio itinerario que él tiene previsto, y que tanta tranquilidad le otorga. Es un itinerario que vuelve a argumentar en la entrevista: cree que la confianza en su persona se empezará a recuperar en el segundo trimestre del año, cuando –según sus fantasías– empiece a crearse empleo. Lo malo es que ese ensueño de Zapatero no tiene ningún dato en que sustentarse, y pasa de ser ensueño a ser, de nuevo, irrealismo, cuando no simple mentira. Del mismo modo, decir que “lo peor ha pasado ya”, a propósito de la crisis, señala la misma continuidad en la mentira de quien empezó negando la crisis. Crisis, por cierto, que Zapatero achaca exclusivamente al “crash financiero internacional”. Esa es, en efecto, otra mentira. ¿Cómo puede manejar la crisis quien ni siquiera parte de la realidad para analizarla?
La entrevista a Zapatero reafirma otro dato que resulta casi tan preocupante como su voluntad de engaño: su voluntad de evitación. En la entrevista habla largamente de la situación de Grecia, lanza torpes dardos contra Cameron y defiende una presidencia europea criticada –literalmente– por todo el mundo. En cambio, evita pronunciarse respecto del chivatazo del Faisán, de la cifra de inmigrantes ilegales, e incluso elude hablar de reformas económicas. Pese a todo, no es tan hábil como para que no se le escape el tic ideológico: al esperar una sentencia “conceptual” sobre el Estatut cabe temerse lo peor; del mismo modo que la “normalización” que supondrá la Ley de Libertad Religiosa sólo se puede entender como acelerón laicista. Zapatero insiste en “medidas sociales” para garantizarse el voto cautivo aun a riesgo de llevar a España a la insolvencia, y dramatiza su “comprensión” de la tragedia de los parados para librarse de la culpa mediante los buenos sentimientos. Son cosas que, quizá en otro tiempo, le hubieran servido en términos publicitarios. Ahora, perdido todo crédito, amortizada su apuesta basada en el personalismo, su entrevista en El País ha parecido más bien la crónica de un naufragio.
DE LA GACETA

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