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jueves, 14 de enero de 2010


¿DÓNDE ESTÁ DIOS?


Haití ha sufrido un terremoto de 7.3 grados en la escala Richter que ha convertido su capital Puerto Príncipe en un inmenso panteón con aproximadamente –los cálculos de momento son imposibles de efectuar- más de cien mil muertos.
Barrios enteros, edificios públicos desde escuelas a hospitales, pasando por el Palacio Presidencial, y por supuesto miles de casas particulares han sido borradas del mapa y sus habitantes han perecido entre sus escombros.
¿Dónde está Dios?
Las imágenes que estos días reproducen las televisiones del mundo entero dan buena cuenta de la dimensión de esta catástrofe. El llanto de un bebé, la mirada perdida de un moribundo, una niña pequeña destrozada entre los escombros, personas que buscan a sus familiares entre los miles de cadáveres apilados a lo largo de las calles, camiones y furgonetas repletos de cadáveres.
¿Dónde está Dios?
Mujeres que dormían la siesta permanecen en la misma posición, muertas, con los ojos despavoridos después de haber visto la muerte, un hombre se desangra en plena vía pública en la que muere, sin que nadie pueda atajar la hemorragia que le arranca a borbotones la vida por su pierna amputada, comunicaciones cortadas, vías inutilizadas, réplicas del terremoto que se dejan sentir una y otra vez, amenaza de tsunami local, y en unos días las terrible y devastadora epidemia que causará a buen seguro más víctimas que el terremoto.
¿Dónde está Dios?
Haití es un país fallido. Allí viven –es un decir- más del 80% de la población por debajo del umbral de la pobreza, dicho en román paladino, son pobres como las ratas. Un terrible dictador, Jean-Claude Duvalier, gobernó con mano de hierro el país desde 1957 y su terrorífica policía secreta y no tan secreta los llamados “tonton macoutes” conseguían a base de muerte, sangre y fuego, que Haití fuese una propiedad personal de su familia, que nadaba en la abundancia mientras el pueblo perecía de hambre. Y ya vemos que sigue en lo mismo.
Según estadísticas de la ONU, ente país ocupa en último lugar del Hemisferio Americano en Desarrollo Humano, en otras palabras y para que nos enteremos es el país más pobre de toda América y tan solo algunos países de África –pocos- tienen el dudoso honor de aventajarle en la carrera hacia la miseria total. La esperanza de vida –un dato muy esclarecedor- rondaba los 55 años, solo un 5% de la población tenía acceso al agua potable y el SIDA hace estragos entre los haitianos de toda suerte y condición.
Haití es una nación que vive de la ayuda humanitaria, principalmente la que le llega de USA y Europa. La agricultura es de subsistencia y la huida de más de un millón de haitianos en busca de mejor suerte a otros países, sobre todo a la vecina República Dominicana, con la correspondiente fuga de universitarios y personal debidamente preparado ha convertido esta nación en una ruina económica mucho antes de que el terremoto hiciera acto de presencia.
Cambia la pregunta. ¿Esto es también culpa de Dios?
Un gran terremoto ocupa el lugar 8 en la famosa escala de Richter. Estaríamos hablando ya de un terrible sismo que provocaría destrucciones masivas. El terremoto de Haití es inferior aunque su magnitud de ningún modo es pequeña y ya estamos ante un seísmo con una capacidad destructiva grande. Sería lo que los científicos llaman un “Terremoto mayor”. A tener en cuenta que un la magnitud de la escala aumenta exponencialmente, de tal suerte que un terremoto de escala 4 no es que sea el doble de otro de escala 2, sino 100 veces mayor y así sucesivamente
Dicho en breve. La capacidad mortífera de un sismo, viene dada más por la mano del hombre que por la de la naturaleza. Que no es madre, ni mucho menos, que tiene sus reglas y normas que los seres humanos, sobre todo los de ahora, solemos ignorar con consecuencias trágicas.
Es fácil el recurso de echar a Dios la culpa de las catástrofes naturales. Es verdad que hay un “misterio de iniquidad” y que Dios, al fin, es causa y principio de todo, pero la maldad de los hombres es tal, que no hay ninguna catástrofe natural que pueda igualarla ni aún de lejos.
De la maldad de los seres humanos, solo nosotros tenemos la culpa.

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